De vuelta de la vuelta al mundo, allá donde la altura es sacar la lengua y no mirar hacia abajo, supe con seguridad que me había enamorado. Hay besos que no saben decir otra cosa, los del sin lugar a dudas, y aquél había sido de esos.
Ocurre con las historias de amor que todos pueden decir, con estruendosa seguridad, dónde terminan pero nadie es capaz de arriesgar un comienzo, el momento de dar el brazo a torcer o de dejarse torcer y entregarse a lo que tenga que venir.
En mi caso fue claro: el principio fue esa vuelta al mundo herrumbrada de algún parque berreta que se instaló por dos o tres semanas en la ciudad. No sé si estábamos en invierno, pero hacía calor (cerca de los besos siempre hace calor) y yo había anotado la fecha para no olvidármela cuando tocara recontar. Creo que tuvo la distinguida suerte de ir a parar al basurero un día de urgente y descuidada limpieza general de mi cuarto, y la fecha se hizo olvido, trágico destino de los números fríos que parecen querer salvarse diciendo "somos la memoria de algo más que un número". Y no, en realidad, no.
El caso es que era amor, repartido, repatriado luego de los peores exilios, los más sonoros fracasos. Era amor como para hacer dulce, amor de sobra que no sirve más que para el derroche, amor a la manchanchi, para atajar en el aire y soplarlo al mundo para no ser mezquinos.
Amor amordazado, desamorado, amoratado; amor atado al fino hilo de los eventos, de los días con sus años.
Amor de esos en que la ciudad podría ser cualquiera y se echa a perder el calendario, que decide no tirar sus hojas y detenerse a mirarnos pasar.
Y cómo pasamos... borrachos y abrazados, a carcajadas y en pedazos, desarmados de noches y de resabios de las cosas que ya no estaban más. Pasamos hasta en los sueños, llenos de papel picado, hechos de carnaval y buenos augurios, de cabeza y pies decalzos. Pasamos y allí nos quisimos quedar.
Después dicen que fue el verano, pero yo me lo perdí: estaba agarrada a un final que olvidaría años después, convirtiéndome en la excepción a la regla, guardando para mí sólo el buen comienzo, el beso, el calor y las alturas: el día que di la vuelta al mundo de un beso y supe, quebrada de luz, que algo de todo eso quería decir amor.

1 comentario:
Creo que dos han sido las veces en mi vida que podría detallar con exactitud el momento en el que me enamoré. El instante preciso en el que se desbordó un todo. Uno fue en el 86 (buf! cómo ha llovido) otro hace apenas un año... El primero lo recuerdo con cariño, el segundo aún duele demasiado :(
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