La música en vivo es, a mi criterio, una de las cosas más hermosas y disfrutables de la vida. Hablo, por supuesto, de la música que amamos, de los músicos, y poetas cantores que nos oxigenan la vida, que nos enseñan a enamorarnos con sus bandas de sonido, que nos pueblan las soledades para que no se sientan ellas tan solas. En fin, esa gente que no tiene idea de lo que nos conmueve su sola presencia, cómo podríamos contar nuestras vidas hilando sus canciones una a una, como las cuentas de un largo collar.
Escucharlos en vivo debiera ser, después de todo lo dicho, algo así como tocar el cielo con las manos por un par de horas, un paseo de placer, una experiencia como de ensueño.
Pero no.
Ocurre que no suele ser una la única que no se quiere perder el evento. Tanto dista la vida del sueño que es prácticamente imposible que nuestro ídolo tenga ganas de darle a sus seguidores recitales privados o, al menos, de grupos reducidos: diez o quince amigos unidos por su música y otros afectos. Pragmáticos y despreocupados, todos nuestros queridos músicos deciden presentar su espectáculo para cientos o miles de personas; palo y a la bolsa, y a otra cosa mariposa.
Finalmente, más que la música de estos señores a los que en principio fuimos a ver, la verdadera experiencia termina siendo el compartir platea con el resto del mundo.
Hay una serie de cosas que no pueden faltar en ningún recital y que ya es hora que alguien denuncie: no puede ser que además de tener que bancarlas estóicamente (porque no se puede ni se quiere arruinarse a una misma la noche o salir corriendo y perderse algo tan esperado) luego tengamos que tragarnos tanta puteada.
Comienza, como todas las cosas, por el principio. Evidentemente hay gente que se niega a reconocer que ser tarderos ES un problema, sobre todo para los otros. Saben que el músico no va a irse a ningún lado si no los encuentra, que el espectáculo empezará de cualquier forma aunque ellos se demoren y que, 'de última, es mi problema, la que se pierde el primer tema soy yo'. Lo que no saben es que al resto le jode soberanamente las pelotas el despliegue que se genera cuando ellos, todos los tarderos que se manejan con el mismo razonamiento pelotudo, llegan durante o después del primer y segundo tema. Me refiero sobre todo a los que sacan entradas vip, númeradas y sin cola, y creen que el hecho de haber gastado más plata que los demás, les da el divino derecho a llegar en cualquier momento como si fuera una charla en el living del dueño de la noche. Sepan que no: no los conoce, no le interesa conocerlos y sí le molesta que lleguen a la hora que quieran. Al final, viene a ofrecer sus canciones, y es lógico pensar que, el que pagó (encima esa cantidad) quiere oírlas todas.
Luego durante el recital per se, hay toda clase de pequeñas cuestiones capaces, todas juntas, de hacer explotar al más sereno.
La gente que canta sus temas preferidos a un volúmen desorbitante es insoportable. Una cosa es no poder contener la emoción y seguir la letra tantas veces cantada, en respetuosa media voz. Otra cosa muy distinta es la de pegar alaridos que ruborizarían a más de una gata en celo. A mí también me gusta la canción pero, entenderás, no es lo mismo escucharlo a él cantándola (que es, al fin y al cabo, por lo que esperé, por lo que pagué) que a vos, en tu sana costumbre de no entonar ni un sonido, chillando 'Penelopeeeee con su bolso de piel marroooon (...) !!!!'
El aplauso es otro tema complejo, como para tesis de doctorado. Están, por un lado, los oyentes emocionados que son los que aplauden en todo momento: cada bocado que la estrella tira al pasar entre tema y tema les parece digno de aplauso (como para que él sepa que ellos sí que entendieron el chiste), y no hay vez que dejen escuchar los primeros versos de una canción porque están dedicados, con un tesón que no acabo de entender, a aplaudir cada vez que reconocen los primeros acordes de una canción (como para que él sepa que ellos sí que la vieron venir). Por otro lado están los oyentes compenetrados profundamente con el ritmo que creen que toda canción más o menos 'movida' es susceptible de ser acompañada con palmas, y que lo mismo que hacen con sus piecitos molestos va a quedar bárbaro hecho aplauso. El resultado es una cosa torpe, sin ningún tipo de coordinación, totalmente sincopada y que tiene poco o nada que ver con el ritmo que exige la canción en curso. En fin, una cagada arruina-momentos.
Los primos hermanos de los aplaudidores compulsivos (y todavía más pelotudos, si cabe) son los (aunque a menudo 'las') que se dedican a gritar sugerencias de repertorio, declaraciones de amor y alguna que otra idiotez pseudo-ingeniosa.Parece que nadie les avisó que su ídolo ya tiene bastantes 'te-amooooooos' de fanáticas y todos le resultan igualmente intrascendentes. No les contaron tampoco que, mal que le pese, el repertorio ya está armado (para eso ensaya la gente) y su pedido no hará que, de pronto, el músico reconsidere todo su programa previo porque no se le había ocurrido lo lindo que era ese tema. Y no saben, en fin, que molestan al espectador que no ha ido a escucharlos hablar a ellos y que está dispuesto a disfrutar los temas que su autor ha decidido ofrecer.
Merecen mención todo tipo de ruidosos: los que mastican como si afuera los esperara el pelotón de fusilamiento, los que juegan con bolsas y vasos plásticos, aquellos a los que les sobrevienen inoportunos ataques de tos, alergias estornudadoras etc.
Finalmente, y aunque siempre me esté olvidando de alguna cosa (que ustedes gentilmente podrán recordarme), están los que más detesto y temo: los boludos del celular. Su primera idiotez es no apagar el celular aún a pesar de los cientos de advertencias que hacen los teatros, los músicos, y hasta los eventuales acompañantes. Yo no sé si lo consideran un acto de rebeldía berreta, o qué, pero el caso es que no se dan por aludidos y lo dejan prendido. La segunda idiotez es la de dejarlo sonar (con el ringtone más fuerte e insoportable de todos) una, dos, tres veces POR llamado, sin convencerse jamás de que ya es hora de apagarlo. La tercera idiotez (y a ésta, hay que admitirlo, no llegan todos) es la de atender efectivamente un llamado y ponerse a hablar como si estuvieran solos en la calle. Pagan arriba de cincuenta pesos por hablar por teléfono con ese fondito musical. Alguien debería proponerles, para que ahorren un poco, irse a hablar a su cuarto y poner a sonar el cd. Son el colmo del desubique y su actitud bien podría ser digna de algún tipo de multa municipal, o al menos un codazo del espectador inmediatamente contiguo y el secuestro de su celular para regalárselo a alguien que pueda darle un mejor uso.
Yo sé que hay más cosas. Sé que hay MILES de cosas más, pero en este momento no se me ocurren. Como sea, ya lo dije.
Suspiro. Es un alivio.
2 comentarios:
Te veo un poco exagerada, pero tiene eso el hacer reír, hay que exagerar lo obvio. Yo añadiría los olores; soy una maniática al respecto, y así como puedo salir corriendo tras un cuello con olor a sándalo, también me puede amargar la existencia un aroma a cebolla putrefacta.
Pero no me digas que a pesar de los pesares, no disfrutaste del Nano ;)
Un beso!
Pero, pué claro! Ni todas las molestias antes nombradas opacarían el placer de escuchar a ese señor...
Buen punto ese de los olores...yo justo ando medio resfriada así que pasaron desapercibidos, o tuve suerte y no me tocaron los olorosos justo al lado!
(Espero a que me cuentes esas novedades decisivas de la semana...no hay apuro, claro, pero teneme al tanto)
Un abrazo!
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