Lo que me pasó fue que me rodée de hojas. De papeles. De bibliotecas propias y ajenas. De notitas en la heladera. De cartas en baúles y en buzones. De aviones de papel con secretos mensajes de amor.
Hice una pila de palabras, como quien colecciona figuritas o caracoles. Las sentí como mi casa, el olor de mi ropa limpia, el remedio a todos mis catarros y el espanta-monstruos de debajo de mi cama.
Cuando de noche me arropaban con una historia, para mí todo estaba pasando en alguna parte, era un espacio sin tiempo en donde las cosas se iban dibujando a medida en que las nombraban, como si de esos firuletes animados que eran las palabras moduladas (largas, más cortas, con entonación, en secreto) fueran naciendo mundos.
Creía en las cosas que no ven, en los huequitos que se les hacen a algunos en los costados de la boca, allá donde van a parar las palabras desbordadas. Y empecé a creer con fe ciega en los hacedores desvelados de toda clase de inventos.
Pensé en unirme a sus legiones, en hacerme digna de ellos, en decir las cosas que yo también tenía para decir y que dolieran menos, que se hicieran certeza en los oídos del resto, que dijeran con más o menos firmeza que ahí estaba también yo.
Y aunque nunca me salió del todo (y es, quizá, la batalla de una vida), con tropezones y caídas estrepitosas, me hice hija de las palabras. Empecé a respetarlas como a dioses de bolsillo, a querer llevarlas siempre a mano, a admirar con casi demasiado empeño a los que la llevaban de santo y seña, a los que vivían para ellas.
Gente que decidió sangrar negro por las manos. Los poetas enamorados de las mujeres mayores y los otros, los enamorados de las calles, los del puño apretando la rosa y un cuchillo apretado entre los labios. Me enamoré de ellos por francos, por entregados, porque su palabra era la voz que tiembla, la que no sabe mentir porque sería como decir que estos ojos que ves no son mis ojos, que no es mi nombre el que me hace voltear cuando lo dicen por la vereda.
Los cuentacuentos, los novelistas me ardieron la memoria en todos los veranos. Me prometieron otros lugares, me hicieron buscar cuerpos entre los renglones, esa manía tan mía que no he podido intentar sacármela sin arrancarme un poco a mí en el envión.
Por eso, en la calle, en la vida fuera de los anaqueles, busqué gente de palabra: hombres y mujeres que me hechizaran con dos o tres pases de magia, con sílabas cantantes, con ideas coloridas.
Por eso me enamoré de su manera de hablar mirando, de mirar hablando, como si la vida se le fuese por el rabillo del ojo. Su manera susurrada de decirme 'niña' y quedarse esperando que le perdonara la ternura. Por eso se lo escribí en un mail apurado para que leyera entre líneas. Le decía 'Te quiero. Te quiero.' Y él nunca me lo quería creer.
Hasta que sí, hasta que con palabras diseñamos un futuro que no pudimos llegar a ver, porque antes nos perdimos de vista y nos acabaron los malos entendidos, como pasa siempre.
Él le faltó el respeto a su palabra usándola con la peor de las liviandades. Y yo no pude más que llorar lo muda que fui y todo lo que iba a extrañar a a ese mentiroso sin palabra.
Siguió dando vueltas en mi vida el afán de decir y me embanderé de letras musicadas. Un día aprendí a tararear mi pensamiento. Hice canciones para no faltar a la verdad de estar viva en el tiempo. Canciones-testimonio de ciertos encuentros, aunque más no fueran éstos, de mi lápiz con su papel y su melodía simplona.
Y fue la palabra, o su falta, lo que me desnudó del otro lado del océano. Por eso me dio una tristeza de hospital cuando no pude decir 'nostalgia', cuando caí en que mi idioma me hace libre y entera, en que me pinta de la infancia hasta el mañana y en que no había error en sentirme derrotada ahora que las palabras eran para mí tierra de nadie.
Aún hoy sigo peleándome con esta dependencia mía. Algunas noches no me deja dormir el haber callado ciertas cosas, el no haber dicho lo mío a tiempo y sonriente, a ver si te torcía el rumbo, te quedabas conmigo y, a fuerza de dar vuelta mi mundo, otro era el cuento. Me desvela haber traicionado la palabra y ver cómo otros la destrozan en la calle, a sangre fría. No entiendo que la nieguen, que se laven las manos de ella: después de todo, es nuestra palabra, una verdad que nos arrancamos, el nombre de lo que vive en nuestra entraña.
La gente inventa rumores o habla con los dedos cruzados en la espalda. Dicen Te quiero pero se ponen guantes plásticos en el corazón, por las dudas. Se desdicen como quien se arranca un puñal y se prometen que no duele, como si la misma palabra que nos entierra pudiera servirnos de antídoto.
Yo no puedo jugar con ellas, apenas si puedo divertirme mal rimando versos y buscando anagramas. No sé hacerlas reversibles o reciclables. Mis palabras son para siempre. Envejecerán, sí, cambiarán de forma, quizá. Pero nunca podré pedirles que se den vuelta porque sería cómo exigirles que dejaran de ser el espejo, el cristal brillante que son, porque sería negarles su estatuto de vía franca y directa hacia lo que tengo adentro, así de cobarde, todo el sentimiento.
Mi vida con las palabras es un capricho. Yo lo sé. Este debilidad con ellas y este dramatismo es solamente mío. Nadie se amarga ni se alarma cuando no hay firma al final de una hoja, cuando defienden el silencio por salud, cuando se traiciona hasta la última palabra de alguien que pronto estará muerto.
Sufro por mi culpa. Por mi gran culpa. Y soy, irremediablemente, esclava de mis palabras, como dirían los abuelos.
2 comentarios:
Paradójico que aquí, donde se le reintegra a la palabra su razón de ser, a mi se me agoten todas y no me quede ninguna para decir con exacta fuerza cuánto me gustó.
Lo que tiene la palabra es que a veces falta...y es cuando más fuerte suena...
un abrazo...y gracias!
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