Quisiera tener otra letra. Quizá así tendría yo algo mejor para decir. Algo más que la verdad de ser quien viste del color que le dejen y pide permiso para pasar entre empujones.
Hace poco vi bailar tango a una pareja joven en la calle. No podía dejar de mirar sus rodillas: la mujer con las rodillas más perfectas, más hipnotizantes que vi jamás. El único mérito del fulano es que sabía llevarla, y que ella se dejaba llevar, algo que todo hombre debe ganarse con esmero y paciencia.
Cuando terminaron y la gente les aplaudió y hubo un par de moneditas en el sombrero, yo me acerqué a decirle, a ella, lo que me había hecho sentir. No fue el tango, señorita. Ya sé bien yo cuáles son los efectos, a menudo patéticos, que me provoca la música del arrabal. Con ella hay otra cosa, algo más. Sus piernas me bailan a mí. Creo que la he visto, cincuenta años antes. Y era usted, todavía más joven, y yo un muchachito que iba a casarse, con más miedo que ansiedad, despidiendo resignadamente su libertad cerca del puerto y lejos de la futura mujer de su vida.
No es triste, señorita, no me haga esa cara. Ella ya está muerta, igual que el muchachito soltero aquel que tenía miedo...pero no se ha perdido nada. Es la vida solamente, que no se olvida nunca de dejar pasar los años.
No tiene usted la culpa de nada o, en todo caso, lleva cierta responsabilidad (agridulce siempre la responsabilidad) de haberme devuelto a la tarde-noche en que me escapé de mi nueva vida aún sin estrenar, para enamorarme por última vez. Yo era dueño de todo esa nochecita cerca del puerto: de todos menos de usted, que bailaba y me llevaba en sus rodillas. Menos de usted, que de tanto quererla ya era más mía que estas manos o que estos ojos, menos gastados de ver que hoy, tan rebalsados de historias. De todo menos de mí.
Y todo esto de sólo verla, mire usted. Y déjeme que la mire ahora, otra vez, que la mire bien así puedo regar el recuerdo que, de tan marchito, ya no estaba allí.
¿De mí no se acuerda?
Aquella vez fue usted la que se acercó a hablarme: me preguntó si era yo el primo de un tal Fernando. Yo negué con la cabeza y seguí a la hinchada, que empezaba a emborracharse de camino al bar. Ni siquier lo pensé, alguno de mis primos segundos, de los más de veinte que tenía, habrá sido un Fernando, y una excusa para hablarnos, confundirnos, perdonarnos la molestia y seguir coincidiendo hasta el amanecer o el amor imposible, lo que viniera primero.
Pero yo iba pensando en huir antes de que todo se viniera abajo y yo descubriera que la vida era para mí entonces ancha y vasta, llena de cosas con mi nombre esperando sólo mi manotazo. No pude ni pensar en mi primo Fernando, ni en usted, señorita de tango y rodilla.
No soy un viejo caprichoso: el tiempo y yo estamos a mano, apenas si nos debremos algunas tardecitas al sol, siestas de invierno donde contarnos qué hicimos y porqué. Por lo demás, no me quejo, otros serán los que quieran volver atrás, a mí me gusta abrir la ventana de cada día y ver lo que hay detrás. No me acerqué a decirle todo esto porque intente recuperarme y mentir que sí, que soy el primo de ese Fernando, que ya me había dicho él que bailaba usted muy bien. No le hablo para asegurarle que esta vez no he de dejarla escapar, ni para que luego se asuste usted y, entre apenada y convencida, me devuelva al asilo.
Me acerco nada más que para contarle que está usted todavía más hermosa, que son de otro planeta sus rodillas y para pedirle que me dijera, por favor, su nombre, el mismo que nunca supe aquella última vez.
1 comentario:
Vos sabes que me cuesta un montón comentarte acá, ahora voy a leer el de abajo y así sucesivamente hasta quedar al día
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