...Vi pasar
frente a mis ojos la eternidad
esa serena,
esa que el campo da
que moja como agua
que inunda y no se va...
Fue en un tren hasta donde quedaba el borde su infancia, su primera inocencia, allá donde le ponía un nombre solo al amor y llenaba los cuadernos como si fuera ése un sortilegio que fuera a ganar la voluntad del ser amado.
Entonces un beso era un misterio parecido a eso que hacen los peces contra los vidrios tristes de las peceras, una materia que aprender urgente, y un beso suyo era, además, motivo de todos los desvelos.
Se fue en un tren hasta otros noviembres. Volvieron a dolerle por la noche las piernas, de eso que su abuela decía que era ir creciendo. Volvió a tropezar con el cordón de esa vereda y a hacerse ese tajo en el mentón, que tiñó de rojo el charco de la calle y que, muchos años después, le valdría ese pedacito gracioso limpio de barba que le acariciaban algunas señoritas.
Tomó un tren hasta la primera intención de una canción. El andén tenía pajaritos cantores y mañaneros en cada uno de los bancos. Quiso gritar que ya conocía el cuento pero el silencio suavecito tejido apenas de trinos lo dejó en su sitio.
Estaba otra vez en ese noviembre. Por corazón tenía una rosa de los vientos y por equipaje un montón de tiempo.
Se paró en la estación, recién llegado, sin saber a dónde ir.
Y entonces hubo una nube con forma de nube a su izquierda, y empezó a llover como al final de una película.
Otra vez, ese noviembre de haber sido tan pequeño, su noviembre de enano enganchado como abrojo a las medias embarradas de la vida.
Enganchado e inquieto, aún con el mundo por perder, aún con el mundo por gastar, aún sin miedo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario