Se aprieta contra la almohada porque sabe que duerme su nombre ahí debajo. Ella misma lo acunó, con una grafía insomne, sobre un papel amarillento como si le hubiera subido la bilirrubina.
Le han dicho por ahí que alguien se apiada de la buena gente que, en su soledad, llega a dormir con un nombre tantas veces nombrado bajo su almohada. Le han dicho que así los sueños son más dulces y, de hecho, logra una dormirse con una melodía tarareada que suena y rima curiosamente con el nombre garabateado. Y como es de las que no conocen los mortales lujos de dormir una noche completa o abrazar a quien sepa abrazarla de vuelta, no pensó tener nada que perder y quizá mucho sueño y sueños por ganar.
Se esfuerza, se obliga a pegar al menos un ojo, a soñar el nombre, el encuentro, a llamarlo vía incosciente, a invitarlo a su lado privado de la noche para que traiga, a lo mejor, una nana celeste para acurrucarse los dos. Algo falla. Cambia de papel, éste es más claro, éste de colores, rayado, a cuadros, de arroz, madera, del último cuaderno Rivadavia rescatado del tercer grado. Ensaya otra letra, aclara la caligrafía, todo en mayúsculas, de molde, de carta, en negro que no se ve de noche, entonces mejor en azul, en verde, en rojo que desangra. Escribe con pluma, con los dedos pintados, susurrándolo como un conjuro.
Pero el sueño no llega, ni tampoco el dueño del nombre, reclamándolo urgentemente, aterrorizado de quedar anónimo para siempre.
Se ríe por creer, por ser la que no tira ni el numerito de esa rifa que perdió pero ganó, en alguna medida, porque fue un día de triunfos; de ser la que juega por jugar sin guardarse una carta en el bolsillo; de ser la de los rituales inútiles y la voz llena de gritos y un nombre bajo la cabeza; la de los sortilegios y la magia sin Merlín que valga. De todo eso se ríe. Quizás de algo más, de hambre, de cansancio, de aburrimiento. Y en un momento, como todo el mundo, ya no sabe si se ríe o llora; porque en la vida, como en el carnaval, todo junto va, y es lo mismo mearse de la risa que estallar de pena. O nacer a llanto pelado, sufriendo pero diciendo "Aquí estoy yo".
Después se cansa, se cuenta alguna anécdota que la vigilia prefiere no recordar, se toma un vaso de agua para pasar el mal rato, el mal trago, pensando que tu nombre no le sabe a hierba sino a líquido amargo como los jarabes que, de chica, le curaban el empacho.
Más calmada, vuelve a la cama, y ya hay una línea de luz deslizándose por la persiana rota. Levanta la almohada y, con una resignación amastrada, hace con el papel y el nombre un barquito que deja flotando en las calmas aguas del inodoro.
Ya amanece para los que han dormido, sigue el día eterno para los que han pasado esa noche, y otras varias, confiando en un papel y un nombre, en un sueño que convoque, en un alguien compasivo. Pero al parecer es sordo a cualquier reclamo, o disléxico, o simplemente mentiroso y, en realidad, dormir con tu nombre debajo no cambie nada.
Diciembre de 2006
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